Recuerdo cuando tenía 15 años y solía proyectarme hacia el
futuro, saboreando las deliciosas ensoñaciones de cómo sería mi vida adulta.
Recuerdo decidir no elegir una vida llana y simple. En esa época, pensar en
una vida con un trabajo, una casa, un coche y una pareja, un mes de vacaciones
y 14 pagas al año me parecía algo fácil de conseguir y a lo que todo el mundo
podía aspirar . Algo digamos mediocre. Yo quería más. No sabría decir
exactamente qué era para mí ese plus que convierte una vida en algo
extraordinario, pero tal vez fuera trabajar en la NASA, correr peligrosas
aventuras por África en busca del eslabón perdido o quizás perseguir narcotraficantes en Centroamérica.
Lo que tenía muy claro era la escala. En un orden del 0 al 10, la vida sencilla
era un 6 y yo quería un 9 por lo menos.
Pasaron 15 años de golpe y volví a recordar mis
aspiraciones. De repente la idea de tener una casa, un trabajo, un coche y una
familia no sólo no me parecía tan desdeñable sino que además me resultaba algo envidiable
y completamente inalcanzable y fuera de toda posibilidad. Mi pregunta fue: ¿mi
escala de valores ha cambiado tanto que lo que antes me parecía un 6 ahora me
parece un 10? Pregunta a la que otra parte de mi cerebro más suspicaz contestó
con otra cuestión ¿no será que te parece inalcanzable porque, en realidad la
vida que ahora llevas es de 3,5 y ni siquiera puedes optar al 6? .Fue entonces
cuando valoré una tercera opción. ¿será que ambas cosas son ciertas y no sólo
llevas una vida de 3,5 sino que además tu escala de valores ha cambiado y la
casa, la tele y el macho al lado cuidándote te parecen merecer un 10 como
paradigma de la felicidad?
Esos 6,5 puntos de
diferencia me estaban deprimiendo tanto que un día decidí inventarme una teoría
de las mías para poder sobrellevarlo mejor. Aquí la tenéis:
Cuando era pequeña mi madre me hacía siempre para el día de
mi cumpleaños la misma tarta. De bizcocho hecho por ella partido por la mitad,
relleno de dos capas de mermelada y chocolate y recubierta de nata y una guirnalda de fresas. Era abril y era la
primera vez en todo el año que yo probaba las fresas. No es que en mi casa no
las compraran, es que no se podían conseguir porque no era la época.
Era abril,
era mi cumpleaños, había fresas. Todo encajaba.
Eso era un hito especial y diferente en el
devenir de los días. El revuelto de setas en octubre, las moras en noviembre y
los langostinos y la piña en Navidad eran otros hitos en el camino. Los zapatos
nuevos para la vuelta al cole en septiembre. Eventos que marcaban la vida por
tiempos y estaciones. Que daban sentido a muchas cosas. No había miles de posibilidades, había las que había porque no quedaba más remedio. Los pocos afortunados que
salían al extranjero volvían con compras exóticas (o que a nuestros ojos
provincianos parecían exóticas) de ropa, dulces y figurillas que no se podían
comprar en ningún otro lugar que no fuera donde habían viajado. Compras de folklore
hortera y rancio que daban razón de ser a la decoración de la casa. Tal vez no
tenían valor estético, pero tenían sentido. De nuevo todo encajaba.
Hoy en día se pueden conseguir fresas en cualquier época del
año y probar las delicias culinarias de algún país lejano en el restaurante de
la esquina . Comprar un billete de avión a cualquier rincón del mundo no tiene
un precio prohibitivo para casi ningún bolsillo y la mayoría de los hogares
luce en su interior un gusto decorativo medio-aceptable. Tenemos un mundo de
posibilidades que estamos obligados a asumir, puesto que el universo sencillo
del aldeano que nunca salió ni conoció nada más que su pueblo ha desaparecido.
Mi pregunta es: ¿tiene esto sentido para alguien? ¿quién
quiere viajar 2500 km para encontrarse con lo mismo que puede hallar frente a
su casa? ¿a quién le apetece comer fresas en noviembre? ¿hay alguien de mi edad
que no haya hecho paintball, practicado danza oriental o comido chop suey? ¿Cómo
nos va a hacer felices llevar una vida exótica y llena de excentricidad y
dinamismo, si estamos prácticamente obligados a ello? ¿Si lo excéntrico hoy en
día es irse a vivir a un pueblo de Soria?¿alguien de mi edad sabe zurcir un calcetín y hacer una tortilla de patata en condiciones?¿alguno había siquiera escrito la palabra zurcir??
Definitivamente, hemos ganado en posibilidades y estilo,
pero hemos perdido el norte.
(Aunque por mucho que me queje, sigo pensando que en el fondo todo se basa en prioridades y elecciones. Y hay
quien sabe elegir y hay quien no sabe. Independientemente de los tiempos modernos
o ancianos en los que nos encontremos.)
La vida es una castaña de agosto.
La vida es una castaña de agosto.
Foto: Museo de Historia. VIENA.

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