
Siempre había sido un fan de los números. Hacía combinaciones con las matrículas. Juegos geométricos con el lugar que ocupaban las teclas al marcar un número de teléfono. A las letras de los nombres que le agradaban les asignaba un número en función de su sonoridad. Y luego hacía frases.Para ser una persona con esas serie de manías alfanuméricas le resultaba insólitamente difícil llegar puntual a los encuentros. El tiempo y su sistema sexagesimal era difícil de controlar. Las matemáticas, siempre tan sinceras en su exactitud, producían agujeros de gusano en su reloj siempre diez minutos adelantado.
Pese a todo eso, ese día se propuso no llegar tarde. No se puede precisar en esta historia lo que sucedió para no conseguirlo. Pero fuera un olvido de móvil según bajaba las escaleras, fuera una llamada inoportuna de esas que paga el interlocutor y no se pueden cortar o bien por una indecisión de vestuario, el resultado fue el de siempre: llegaba tarde.Caminó tan rápido como su manía de baldosa sí, baldosa no, le permitió. Subió las escaleras de una en una el primer tramo, de dos en dos el segundo y de tres en tres el tercero.Al llegar a la puerta puso el oído en la madera desvencijada. No había nadie. La fiesta había acabado.
Aún así la puerta cedió y decidió entrar para corroborar lo que ya sabía. Vio un indescriptible desorden difícil de configurar como un conjunto de sistemas geométricos. Avanzó por el pasillo hasta la sala principal; pinturas, cascos de botellas y olor a tabaco. Sobre el techo había una especie de telaraña de hilos entrelazados y, sobre éstos, tiras de 35 mm de alguna película que alguien había tenido a bien destrozar.Era como un pequeño tesoro.Se acercó hacia los negativos con intención de quedárselos y rezó porque no apareciera Meg Ryan en ellos. Eran en blanco y negro. Con subtítulos. En coreano. Sobre éstos había otros en letras mayúsculas que decían en castellano:
S I N O T E G U S T A L O Q U E V E S Q U E D A S I N V I T A D O A I N V E N T A R T E U N A R E A L I D A D Q U E T E G U S T E M Á S.
FOTO: Lisboa. 05
Pese a todo eso, ese día se propuso no llegar tarde. No se puede precisar en esta historia lo que sucedió para no conseguirlo. Pero fuera un olvido de móvil según bajaba las escaleras, fuera una llamada inoportuna de esas que paga el interlocutor y no se pueden cortar o bien por una indecisión de vestuario, el resultado fue el de siempre: llegaba tarde.Caminó tan rápido como su manía de baldosa sí, baldosa no, le permitió. Subió las escaleras de una en una el primer tramo, de dos en dos el segundo y de tres en tres el tercero.Al llegar a la puerta puso el oído en la madera desvencijada. No había nadie. La fiesta había acabado.
Aún así la puerta cedió y decidió entrar para corroborar lo que ya sabía. Vio un indescriptible desorden difícil de configurar como un conjunto de sistemas geométricos. Avanzó por el pasillo hasta la sala principal; pinturas, cascos de botellas y olor a tabaco. Sobre el techo había una especie de telaraña de hilos entrelazados y, sobre éstos, tiras de 35 mm de alguna película que alguien había tenido a bien destrozar.Era como un pequeño tesoro.Se acercó hacia los negativos con intención de quedárselos y rezó porque no apareciera Meg Ryan en ellos. Eran en blanco y negro. Con subtítulos. En coreano. Sobre éstos había otros en letras mayúsculas que decían en castellano:
S I N O T E G U S T A L O Q U E V E S Q U E D A S I N V I T A D O A I N V E N T A R T E U N A R E A L I D A D Q U E T E G U S T E M Á S.
FOTO: Lisboa. 05
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