Flotando por la inmensidad de la onírica llegó hasta un butacón de terciopelo rojo con remaches dorados. Un dormitorio victoriano con armarios de madera de olmo y antiguos muebles con retorcidos añadidos lo envolvían. Equívocos espejos sacados de ciertos callejones que don Valle Inclán describió hace muchos años le devolvieron la mirada. Había llegado. Podía dormir una inmensidad. En aquella casa. En aquella postura, en esa habitación donde el tiempo parecía detenerse.
¿Y si se despertaba? Tomaría té con pastas, se vestiría con un traje de lo más decimonónico y debajo de la increíble falda milhojas llevaría enagua, canesú y medias de rejilla blancas. La gramola del fondo de la habitación tocaría un vals sólo para ella. Y bailaría al fragor de los cristales de aquella inmensa lámpara de araña.
De repente despertó. Y los pliegues de raso, y el terciopelo, y las puntillas y el cristal de bohemia y el vals desapareció. Y en su lugar pudo ver que llevaba una camiseta verde de lunares. Y una diadema de plástico de color rojo. Y unas princesitas de algún otro color chillón.Chopin fue sustituido por… por… pero ¿qué demonios era aquello?? ¿La Casa Azul???
De repente descubrió que la habitación estaba cubierta por gente en el suelo en sacos de dormir. Olía a gente. A mucha gente. Y además debía hacer 50 grados centígrados de temperatura porque había comenzado a sudar.
Intentó abrir uno de los grandes ventanales para respirar algo de aire. Fuera, en el jardín de la casa, creyó poder encontrar unos hermosos setos de topiaria o un estanque con patos… En su lugar encontró una suerte de mesa de mezclas con dos oportunos dj disfrazados de… ¡Dioses! Eran el Pato Donald…
No cabía duda: era el infierno. O quizá Alburquerque en Julio… De todos modos, el mundo estaba loco.
FOTO: Nueva Zelanda. Octubre 07
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