domingo, 6 de junio de 2010

PEPA




Pepa apagó el televisor. Hacía horas que de aquella caja salían voces que sólo escuchaba el gotelé de los muros bajo los que llevaba viviendo más de sesenta años. El gato que por muchas noches le había acompañado hizo una mueca y se enroscó aun más sobre sí mismo,dando forma a algo parecido a una tortilla. Esa tortilla con cebolla y patata que antes hacía y que recibió cientos de elogios durante muchos años. La anciana dejó a la tortilla de gato sobre el sofá y caminó despacio hacia el cuarto de baño. Hacía mucho tiempo que ese cuarto había dejado de tener bañera. En la actualidad, un plato de ducha individual, mucho más accesible, se había convertido en el habitual y único punto de higiene personal de la casa. Giró el grifo y comprobó con las yemas de una mano ya marchita la temperatura.
Entró y cerró la mampara. Sobre su piel cenicienta el agua parecía no resbalar. Mientras se duchaba, su mirada azul y algo acuosa atravesó la ventana y se posó sobre el patio de vecinos. Cincuenta ventanas. Cincuenta casas con cincuenta viejas. Todas ellas con ducha en lugar de bañera. Con una tortilla de gato en el sofá.
Pepa se secó y comenzó su ritual de higiene y atrezzo. Desodorante, colonia, polvos de maquillaje, colorete. Se vistió con un vestido de flores que no se había puesto desde los años en los que aún era Pepa, Pepita. Nunca Josefa.
Ataviada con él y con unos zapatos con algo de tacón se dispuso a colocar el servicio de la mesa. Utilizó la Vajilla de las Ocasiones Especiales, aquella que comprara hace años y que no llegó nunca a utilizar. Con tranquilidad metódica compuso la escena: el tenedor, la cuchara, el cuchillo. La cucharilla de postre, los platos: hondo y plano. La panera, la jarra.
Una copa con agua.
Con casualidad casi escénica llamaron al timbre en el instante en que colocaba el último cubierto. Pepa echó un último vistazo a la mesa y se acercó, con cierto esfuerzo, a la puerta de acceso.
Antes de abrir miró solemnemente el retrato que, colgado en el recibidor, presidía con mirada adusta y severa la entrada a la casa. Pepe, lo siento mucho. No puedo más. Desde que te fuiste he seguido viviendo con una rutina que me auto impuse de acuerdo a unos códigos morales que ambos compartíamos. He intentado seguir comprando la fruta donde Manuela. El café lo sigo tomando en el bar del "Balilla" y sigo cocinando siempre con ajo.
Pero los tiempos cambian Pepe. En la calle han abierto varios restaurantes de comida exótica y especiada, cuyas puertas exhalan tentadores aromas. Manoli cerró y en su lugar instalaron una tienda de comestibles bastante cara, pero abierta en domingos y festivos. La costurera y el zapatero también desaparecieron. Ya no es lo mismo Pepe. Necesito que lo entiendas.
Aquellos ojos tan castaños y tan castizos pintados en oleo sobre tabla se cerraron. Y en las paredes grises de la casa resonó el eco de la voz de Pepe que decía: haz lo que quieras Pepa, eres libre.
Sólo entonces abrió la puerta Pepa. Ante ella, un chico de unos veinte años vestido de rojo esperaba para entregar el paquete. Ella pagó: Quédese con las vueltas le dijo. Gracias.
Cerró y guió sus pasos hacia el comedor. Abrió la caja.
Bacon, salsa barbacoa y extra de queso fue la elegida. La curiosidad llamaba a la puerta desde hacía años. Se moría por saber a qué sabia. Pizza Pepe, es pizza.
Cogió el cuchillo y el tenedor de plata y comenzó la cata. Deliciosamente novedosa.
Mañana bajaré a probar ese café tan universitario y aguado que venden en la nueva cafetería con sofás de la esquina, se dijo. O tal vez aderece con curry el arroz con pollo de la comida. Lo experimentaré. Y algún día, dentro de algún tiempo, te lo contaré todo Pepe.

Te lo prometo.

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