domingo, 20 de diciembre de 2009

La teoría del pez y el pescado.

Una vez hace años, hablando con un amigo en un restaurante mientras cenábamos, me contó una teoría (suya propia) acerca del amor y la palabra pescado.
Hay lenguas, como el castellano, en las que se usan dos palabras diferentes para diferenciar al animal mientras está vivo (pez) del animal muerto listo para consumo (pescado). En otros idiomas (portugués/inglés) la palabra para designar ambas cosas es la misma (peixe/fish); es decir: no hay diferencia entre el animal que anda suelto, salvaje y libre, del animal cazado.
Él era un platónico empedernido: buscaba el amor puro en cada mujer que descubría. De hecho, las primeras semanas cuando las conocía creía encontrarlo. Entonces llegaba el momento en que las conseguía, las veía tangibles, humanas, cercanas. En el momento en que veía cómo se lavaban los dientes, el pez se convertía en pescado y empezaba a oler mal.
Sabiendo que comulgaba con él en ciertas creencias, me dijo: "Eso ocurre por culpa del lugar en el que vivimos. Si emigramos a un país en el que pez y pescado se digan con una sola palabra, podremos encontrar un amor que no se pudra cuando lo consigamos, que dure en el tiempo sin necesidad de ser platónico."
Nos fuimos a vivir a Lisboa.
Huelga decir que no encontramos lo que andábamos buscando y al año nos volvimos. Para nuestra desgracia, a la vuelta a España la RAE seguía admitiendo la palabra pescado.
Han pasado varios años y he decidido reformular su teoría. La nueva podría resumirse en la siguiente máxima: "Que viva la dorada a la sal, el pez espada a la plancha, la pescadilla en salsa verde, los chicharros escabechados y el bacalao a la vizcaína".
Lo malo del pescado es cuando es cazado pero no consumido, cuando se queda en la pescadería esperando ser comprado. Es escurridizo, frío y no huele bien. Los peces no son mucho mejores pero tienen el plus romántico de la libertad: los vemos remontando un río, con el lomo plateado saltando grácilmente entre islas de espuma y la envidia humana nos corroe. Se nos olvida que en realidad son animales sosos, aburridos, temerosos, y estéticamente no muy bonitos he de decir, que jamás nos darían un mimo, una caricia o un lametón.
Resumiendo. De mascota: animales peluditos, acariciables y monos (perros y gatos) y para consumir un buen plato de merluza.

4 comentarios:

  1. "huelga decir que a mis princesas siempre las echo de menos, muy de menos. Y que en corazon hecho de tinta de calamar siemrpe hay un lapsus para su recuerdo...y es que uno anda ya en salazón. Y eso si que huele mal"Bicos desde galicia, tierra de èixes y lubinas...y alguna que otra meiga

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  2. Hola buenas tardes.
    Quisiera presentar una queja de su falta de actualización. Si bien entiendo, que eramos nosotros su campo de cultivo para sus teorías y pequeños relatos, pensaba para mis adentros que usted recuperaría su faceta escritora. Lo que ando rumiando es que en Madrid, pese a su modernidad y demás cualdiades, es ciudad que no resulta de inspiración.
    Una vez presentadas las quejas, siemrep desde el respeto y el saber estar que alguien de mi condición y linaje es capaz de desmostrar, le reto (lanzando un bello guante de seda blanca a su rostro) a que escriba algo joder.
    Besos señorita Tang.

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  3. ¿y en vez de en el plato... dejarlo que siga libre?

    He recordado este corto premiado en el festival de Berlín.

    http://www.youtube.com/watch?v=dNdrRGAXuss

    (Alguien que llega por casualidad)

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  4. Gracias por el link, no conocia el corto.

    Dejandolo libre seguiria siendo pez, es la opcion mas facil si lo que quieres es seguir idealizandolo!!

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